sábado, 10 de mayo de 2014

Problemas. Odio. Y sufrimiento.

Dicen que se ha de enfrontar a los problemas, que se les ha de ir de cara y acabar con ellos. Pero, ¿Qué pasa cuándo se acumulan? Cuando tienes tantos que no puedes enfrentarte a ellos.
Los dejas ahí, dejas pasar, creyendo que el tiempo los solucionará, pero no es así, el tiempo pasa y pasa, pero los problemas no se van, es más, cada vez son peores. Cada vez son más grandes y tienes miedo. ¿Y si no desaparecen jamás? Cada vez hay más y más. De amontonan todos y ya no puedes. Y pasas, sin darte cuenta que poco a poco estás creando tu propio vacío, lleno de odio y rencor.
El odio te come por dentro y pasa el tiempo y sigue, no se va. Se hace más grande. Poco a poco vas odiando todo cuanto te rodea, desde lo que más querías a lo que más odiabas. Al final, sólo tienes odio, no hay espacio para nada más. Hay demonios en tu cabeza que no te dejan ser feliz. Odio y sufrimiento. Hay una única manera de terminar con este odio y poner fin al sufrimiento. No hay más. Y, suena muy bien. Muerte. Y habrá terminado el odio y el sufrimiento. Por fin todo habrá acabado. Hasta el menor de los problemas. No tendrás más preocupaciones. Todos los problemas que as ido guardando y has dejado ahí, sin enfrentarte a ellos. Esos problemas, también desaparecerán. Te gustaría que no te recordaran, pero sabes que no será así, por mucho que quieras. No porque te vayan a echar de menos, ni porque te hayan querido, sino por una razón.
¿Cómo se olvida a alguien que ha echo tanto daño, en tan poco tiempo?

Melancolía.

Pasan los días y cada vez sientes que vales menos. Cada vez más triste. Te invade un fuerte sentimiento de melancolía.
Melancolía que mala eres, pero que cariño te he cogido. Y, sí, le he cogido cariño a este sentimiento, no es que me guste estar así, sino que no me veo de otra forma, y cuando no la tengo. Cuando me siento más o menos alegre, entonces, echo de menos la melancolía que invadía la  casa las tardes de invierno. Esas tardes sola en mi habitación escribiendo medio a oscuras en un papel, con un sentimiento constante de culpa. Y, por mucho que no quieras, te das cuenta que ya es tarde. Que ya no hay vuelta atrás, porque en el momento en el que te encariñas de él no lo puedes dejar. Porque es lo único que te llena, aunque en verdad, él es el que te vacía. Te acabas acostumbrando a la melancolía y te acaba gustando.

martes, 6 de mayo de 2014

Querida soledad.

Estoy harta de luchar y fracasar. Me he cansado ya. Nada me llena, nada me hace ilusión. Siento que sobro en todas partes. Siento que nadie me necesita, que jamás seré suficiente para nadie, todos me van a odiar igual que yo les odio a ellos.
La soledad te enseña mucho. Te da tiempo para pensar. Recapacitar sobre la vida, sobre ti. Y, te das cuenta, que no es tan mala. Que poco a poco, le vas cogiendo cariño hasta que un día no puedes vivir sin ella. Coges asco a la gente, prefieres estar solo que con los que te hicieron sentir así.
Contra más solo estás, mas te das cuenta de que nadie te necesita, ni te va a necesitar nunca. Que lo único para lo que sirves es para odiar y ser odiada. Que si a nadie le importas. Entonces, ¿Qué haces aquí? ¿Por qué ha venido alguien como tú al mundo si no va a aportar nada? Cuando era pequeña creía que  todo pasaba por algo. Que todas las personas que ahora están en tu vida, están por alguna razón. Que cuando algo malo pasa, es porque vendría algo bueno. Pero pasan los años y vas madurando, vas dándote cuenta de las cosas y ves que nada es como creíamos, no todo pasa por algo. A veces las cosas pasan por que sí. Cuando algo bueno pasa, es porque algo malo va a venir, y cuando algo malo pasa, es porque vendra algo aún peor.
Porque la vida es así para algunos, para los que merecemos la infelicidad y la soledad. La vida es triste, por eso nacemos llorando.

Ya no existo.

El agua helada se me clava en la piel como mil cuchillos y noto que me corta. Pero ya no hay vuelta atrás. La piedra atada a mis pies ha tocado fondo. Ya no bajaré más. Sólo queda esperar y por fin habrá acabado todo. Cierro los ojos.
No sé si pensar. Sé que una parte de mi, aunque sólo sea por instinto, quiere seguir viviendo; pero yo ya he decidido que no.
El dolor en la piel ha cesado. Me sentiría inerte si mis pulmones no ardieran. Veo las últimas burbujas de aire salir por mi nariz flotando hacia arriba y explotando una a una. Noto como mi vientre se contrae y como mi boca intenta abrirse para coger algo de aire, pero la cierro con todas las fuerzas que me quedan. Siento como mi cuerpo se acelera, todo me tiembla, oigo la sangre golpear mis oídos y mi abdomen se hincha y deshincha sin descanso. Mi cuerpo necesita respirar y lo va a hacer. Finalmente me rindo a los impulsos e inhalo. Pinchazos, cortes, arañazos; el agua congelada me destroza por dentro. Gritaría, si pudiese.
El dolor es insoportable. Y, de golpe, para. No oigo nada, no veo, sólo siento el corazón, esta vez en el pecho, a un ritmo mucho más relajado. Me siento bien, en paz. Saco la sonrisa más grande de mi vida, aunque creo que mi cara no la refleja. Cada vez el sentimiento de bienestar aumenta y y o siento que peso menos. De golpe lo noto, ya no existo.



Bienvenidos.

Fracasos y fracasos, ¿Y qué pasa cuando llegas al límite? ¿Cuándo no lo soportas? ¿Héroe o cobarde? ¿Quién lo decide? ¿Quién dicta toda esta mierda que circula por el mundo? ¿Quién me dice que he aguantado suficiente o que puedo aún más? ¿Quién es el que separa los buenos de los malos? ¿Quién? Yo no sé. Si creo que en realidad no merezco esto y por otra parte pienso que si lo tengo, es por algo. Yo nunca he creído en el destino, no creo en el más allá, no creo que pase algo porque tenga que pasar. Creo en las casualidades. Pero a veces, se juntan tantas casualidades de la misma categoría que me hace replantearme que quizá el universo conspire para mi desgracia. Paulo Coelho dice eso de; 'Si deseas algo con todas tus fuerzas, el universo conspira para que se cumpla', pues, Coelho, cielo, yo te digo que una polla como una olla. Que te dejes de gilipolleces. Que estamos en la vida real y no en un cuento para niños de cinco años con un final siempre feliz. Aquí eso no existe. Aquí o pisoteas a los demás o te pisotean a ti. O eres el malo o ellos te hacen malo. Aquí no hay conspiración que valga. Aquí se aprende a base de hostias. Aquí no se vive, se sobrevive. Bienvenidos.

-Demencia.

¿Aceptarías a un monstruo únicamente porque vive contigo?


A veces se araña la cara en un intento de quitarse la máscara. Pero lo que no sabe es que debe vivir con ella. Que de tanto fingir, ya se ha adherido a su rostro. Ya no se puede cambiar. Y se mira al espejo y ve esas cicatrices sobre su cuerpo, y se odia aún más. Y ve ese pelo, y esos ojos y esa boca y llora. Llora por no ser lo que quiere ser. Y no es tan fácil. Aquí no hablamos de aceptación. Hablamos de convivir con el demonio. ¿Aceptarías a un monstruo únicamente porque vive contigo o intentarías deshacerte de él? Lo segundo, ¿no?. Pues aquí ocurre lo mismo. No es mi cuerpo. No es mi cara. Soy yo. Yo al completo. Yo soy eso que no quiero y no me puedo aceptar por mucho que me lo proponga. No puedo porque es imposible convivir con el mal personificado. Que soy yo quien me daño y  no lo quiero. Que soy yo quien se tortura y no lo quiero. Que soy yo quien sufre innecesariamente y no sé que hacer para que esto cese. Y no. No es aceptación. No se puede aceptar lo que te daña.


-Demencia.


Tristeza.

La forma en que funciona la tristeza es uno de los enigmas más extraños del mundo.

Cuando te invade un profundo sentimiento de amargura puedes llegar a sentirte como si estuvieses en llamas, no sólo por el dolor, sino también porque la desdicha puede extenderse sobre tu vida al igual que el humo de un gran incendio lo cubre todo a su alrededor como un gran manto de color grisáceo.

Suele resultar difícil ver otra cosa además de tu propia desdicha, de la misma forma en que la humareda puede cubrir un paisaje y hacer que todo lo que se vea alrededor sea de color negro.

Puedes darte cuenta de que incluso las cosas felices están contaminadas de tristeza, como cuando el hollín emerge en forma de colores cenicientos e impregna todo lo que toca de olores a ceniza.

Cuando finalmente se apaga el incendio uno ya no puede recuperar lo que ha sido devorado por las llamas. Cuando te sumerges en un pozo de melancolía; una parte de ti se pierde para siempre.

Tanto el fuego como la tristeza consumen sueños y esperanzas, dejando un gran vacío que difícilmente puede ser llenado. Y ambos son, en muchas ocasiones, inevitables. Forman parte de la vida, nos guste o no.

Y aquí estoy yo, ardiendo por dentro, quemándome con extremada lentitud y sin encontrar agua que pueda apagar este fuego, que desde hace años me mata en silencio. Pronto sólo seré un montón de cenizas. Otro más.