Solíamos creer que la felicidad existía, que todos seríamos felices siempre, que moriríamos de viejos y nuestra vida seria perfecta. Y ese fue nuestro error, creer. Creer en cosas imposibles. Tener pensamientos positivos en cuerpos llenos de dolor. Abrir los ojos duele. Duele muchísimo. Pero, ¿Sabes? cuando lo haces. Cuando abres los ojos, te das cuenta de las cosas.
Te das cuenta que la felicidad no existe, que eso que tanto deseábamos, ahora lo odias. Te das cuenta que los ojos no mienten y las miradas enseñan lo rota que estás por dentro. Que miras a tu alrededor y no hay nadie, no hay nada. Que estás sola, escribiendo a oscuras en tu habitación. Que nunca ha habido nadie, jamás le has importado a nadie. Nadie movería un dedo por ti. Que podrías morirte mañana que nadie se preocuparía. Estás triste, pero por alguna razón no puedes llorar. Así que decides cerrar los ojos unos segundos, respiras fuerte y dibujas una enorme sonrisa en tu cara, para que la gente piense que estás bien. Porqué ¿Qué más les da como estés?. Pero hay algo que falla. Hay algo que no puedes evitar. Y, es que, por mucho que quieras, por muy feliz que quieras aparentar ser, los demonios que hay en tu cabeza continúan ahí. Continúan jodiéndote. Y todo por creer. No debimos creer. Debimos haber sabido la verdad. Que te la cuenten des del principio. Que no te la oculten cerrándote los ojos, porqué luego, al abrirlos, duele. Duele muchísimo enfrentarse a la realidad. A esta dolorosa realidad de saber que todo lo que creíamos, todo lo que nos contaron y nos prometieron que tendríamos, no existe. Y claro, ¿Cómo te van a dar algo que no existe?
La felicidad, la amistad y todas estas mierdas no existen. Abrid los ojos antes de que sea tarde.
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