Nunca mostró como era ella, jamás dejo que la conocieran realmente porque sabia que cuando la conocieran, cuando supieran como ella era en realidad, todos la dejarían. Se apartarían de ella. Así que iba por la vida con la sonrisa más grande que podía. Una sonrisa de plástico creada para ocultar su verdad. Para ocultar lo que sus ojos decían. Sus ojos pedían ayuda. A gritos. En ese momento, en el que la gente se empezó a creer su sonrisa, ella cayó, cayó en un agujero. En un abismo del que jamás podría salir. Se había quedado atrapada allí, en su falso ella. Su falsa vida llena de mentiras. Nada le llenaba. Nada le hacía ilusión. Todo le pesaba. Sólo deseaba la muerte. La deseaba como si de un tesoro se tratara. Pensaba en ella cada día, cada instante. Estuvo años planeando la suya. Cada día era un poco más feliz pensando que quedaba menos para su día. Y, así pasó el tiempo. Hasta que por fin llegó el día. Se despertó con una sonrisa al saber que jamás volvería a este infierno lleno de monstruos y demonios. Así que fue hacia su dormitorio, se puso su mejor vestido. Dejó la carta sobre la mesa y cogió el bote de pastillas. Se las tomó una a una. Se empezó a sentir rara, cada vez estaba más muerta, pero ella se sentía más viva. Sólo hacia falta esperar y por fin todo habría acabado. Todo el dolor cesaría. Todo ese sufrimiento y ese odio acumulado durante años por fin terminarían. Y, de golpe, lo nota. Todo está oscuro. No hay nada. Absolutamente nada. Ni dolor. Ni sentimientos . Lo estaba notando. Ya no existía.
«Nací para ser la chica de las causas perdidas. Abridme las puertas del infierno, que me lo he ganado.»
sábado, 10 de mayo de 2014
Sonrisas de plástico.
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